«Es normal, son los años». «Tienes desgaste». «A tu edad es difícil que esto mejore».

Son frases que muchas personas mayores han escuchado alguna vez cuando consultan por un dolor.

Es evidente que nuestro cuerpo cambia con el paso de los años. Envejecemos y nuestros músculos, huesos, articulaciones y otros tejidos también lo hacen. Pero hay una idea importante que debemos desterrar: envejecer no significa necesariamente vivir con dolor.

Hay personas que llegan a edades muy avanzadas manteniendo una gran autonomía, caminando, haciendo ejercicio, viajando y disfrutando de una excelente calidad de vida.

Entonces, ¿por qué dos personas de la misma edad pueden encontrarse en situaciones completamente diferentes?

El desgaste no siempre explica el dolor

Con los años es normal que aparezcan cambios degenerativos en articulaciones y columna. Una radiografía o una resonancia puede mostrarnos artrosis, desgaste discal, protrusiones u otros cambios relacionados con la edad.

Sin embargo, tener cambios degenerativos no significa necesariamente tener dolor.

Muchas personas presentan alteraciones importantes en sus pruebas de imagen y no tienen ningún síntoma. Por eso una prueba diagnóstica debe interpretarse junto con la historia del paciente, su exploración, su capacidad física y sus síntomas.

La edad y el desgaste son parte de la historia, pero no siempre cuentan toda la historia.

El desentrenamiento: cuando cada vez le pedimos menos al cuerpo

Nuestro cuerpo tiene una extraordinaria capacidad para adaptarse a aquello que hacemos.

Si caminamos, levantamos peso, subimos escaleras y realizamos actividad física regularmente, nuestro organismo se adapta para responder a esas demandas. Si dejamos progresivamente de hacerlo, también se adapta… pero en sentido contrario.

Podemos perder fuerza, masa muscular, resistencia, equilibrio y capacidad para realizar determinados esfuerzos.

Y aquí aparece una situación muy frecuente: un cuerpo cada vez menos entrenado tiene que enfrentarse de repente a una actividad para la que ya no está preparado.

Subir muchas escaleras, cargar una maleta, cuidar de los nietos, hacer una mudanza o simplemente caminar mucho más de lo habitual puede convertirse en un esfuerzo enorme si nuestra capacidad física ha disminuido.

No significa que el desentrenamiento explique todos los dolores. El dolor es complejo y puede tener múltiples causas. Pero recuperar progresivamente la capacidad física puede ser una pieza fundamental para mejorar nuestra autonomía y nuestra calidad de vida.

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¿Haber hecho muchos esfuerzos durante la juventud pasa factura?

Es frecuente escuchar: «He trabajado toda mi vida cargando peso y ahora lo estoy pagando».

Las lesiones previas y determinados trabajos pueden dejar consecuencias y deben tenerse en cuenta. Pero haber sido una persona activa no significa que nuestro cuerpo esté condenado a deteriorarse más rápidamente.

De hecho, haber desarrollado durante años fuerza y capacidad física puede proporcionarnos una buena reserva funcional.

El problema aparece muchas veces cuando dejamos de exigir progresivamente al cuerpo aquello que antes hacía con normalidad.

Por eso el objetivo no debe ser protegernos de cualquier esfuerzo, sino mantener nuestra capacidad para realizarlo.

La jubilación: un momento para no dejar de moverse

La jubilación supone uno de los mayores cambios de nuestra vida.

Durante años tenemos horarios, desplazamientos, obligaciones y actividades que nos obligan a movernos. De repente desaparece gran parte de esa rutina.

Para algunas personas la jubilación supone una oportunidad fantástica para caminar, viajar, practicar deporte y cuidarse. Para otras puede significar una reducción enorme de la actividad diaria.

Después de tantos años trabajando es comprensible pensar: «Ahora me toca descansar».

Y claro que nos toca disfrutar. Pero descansar no debería significar dejar de utilizar nuestro cuerpo.

La jubilación puede ser precisamente el momento perfecto para empezar a cuidarlo.

Menopausia: preparar el cuerpo para una nueva etapa

En las mujeres existe además un momento especialmente importante: la menopausia.

Los cambios hormonales asociados a esta etapa pueden influir sobre el hueso, el músculo y la composición corporal. Por eso llegar a la menopausia con una buena condición física y mantener el ejercicio puede ayudarnos a conservar nuestra capacidad funcional.

¿Y si nunca has hecho ejercicio y ya has llegado a la menopausia?

No es demasiado tarde.

El músculo mantiene capacidad de adaptación incluso a edades muy avanzadas. Empezar de forma progresiva, con un ejercicio adecuado a nuestra situación, puede mejorar fuerza y función.

No importa tanto desde dónde empezamos como comenzar.

Alimentación: necesitamos materia prima para mantener nuestro cuerpo

Moverse es fundamental, pero nuestro organismo también necesita los nutrientes adecuados para responder a esa actividad.

Con la edad cobra especial importancia mantener una alimentación suficiente y variada que aporte energía, proteínas, vitaminas y minerales.

Una alimentación inadecuada puede favorecer la pérdida de masa muscular, reducir nuestra energía y dificultar que mantengamos una vida activa.

Ejercicio y alimentación no deberían entenderse como dos estrategias independientes. Para mantener músculo necesitamos utilizarlo, pero también proporcionarle los nutrientes necesarios para conservarlo y recuperarlo.

Cuando existen enfermedades, pérdida de peso, falta de apetito o necesidades nutricionales especiales, el asesoramiento de un profesional de la nutrición puede resultar especialmente importante.

«Me dices que haga ejercicio, pero me duele demasiado»

Y aquí aparece uno de los grandes problemas.

Sabemos que necesitamos movernos, pero ¿qué ocurre cuando levantarnos de una silla, caminar o realizar un ejercicio produce dolor?

Decir simplemente «tienes que hacer ejercicio» puede no ser suficiente.

Aquí la fisioterapia puede convertirse en el primer paso del proceso.

Nuestro objetivo inicial puede ser reducir las limitaciones, recuperar movilidad y conseguir que determinados movimientos vuelvan a ser tolerables. A partir de ahí podemos introducir progresivamente más actividad hasta que la persona vaya recuperando confianza y capacidad física.

No se trata de pasar del sofá al gimnasio de un día para otro.

Se trata de encontrar el punto desde el que cada persona puede empezar.

Fisioterapia para personas mayores: tratar para volver a moverse

En Phitec adaptamos el tratamiento a la edad, situación física y necesidades de cada persona.

En pacientes mayores podemos utilizar técnicas manuales suaves y progresivas, evitando provocar más dolor del que ya existe y buscando recuperar movilidad y función.

Pero nuestro objetivo no es crear dependencia del tratamiento.

Queremos que la fisioterapia sea el puente que permita volver a moverse.

Primero recuperar movimiento. Después ganar confianza. Más adelante aumentar progresivamente la actividad y, cuando sea posible, conseguir que la persona pueda realizar ejercicio de forma cada vez más autónoma.

Porque cumplir años cambia nuestro cuerpo, pero la edad por sí sola no debería convertirse en una sentencia de dolor, inactividad y pérdida de independencia.

Nunca es demasiado tarde para empezar a cuidar nuestra fuerza, nuestra movilidad y nuestra capacidad para seguir haciendo las cosas que nos gustan.

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