Origen mecánico. Sobrecargas musculares, pérdida de movilidad de las articulaciones vertebrales, alteraciones discales, traumatismos, posturas mantenidas o determinados esfuerzos pueden participar en la aparición del dolor lumbar.
Pero también debemos observar cómo se mueve y se adapta el resto del cuerpo. Una lesión aparentemente alejada de la espalda, como un antiguo esguince de tobillo, puede modificar nuestra forma de apoyar, caminar o repartir las cargas. Con el tiempo, estas compensaciones pueden influir sobre otras zonas, incluida la región lumbar.
Tensiones viscerales y pélvicas. Desde el enfoque osteopático también se valoran las relaciones anatómicas, fasciales y neurológicas existentes entre la región lumbar y diferentes estructuras abdominales y pélvicas.
Por este motivo, durante la valoración pueden tenerse en cuenta determinados antecedentes digestivos, urinarios o ginecológicos y, cuando está indicado, utilizar técnicas manuales dirigidas a trabajar la movilidad y las tensiones de los tejidos relacionados con estas estructuras.
Esto no significa que un problema visceral sea necesariamente la causa de una lumbalgia ni que el tratamiento osteopático sustituya la atención médica cuando existe una enfermedad de un órgano. Se trata de valorar al cuerpo en su conjunto y no únicamente la zona donde aparece el dolor.
También pueden influir factores como el estrés, el descanso, la actividad física, nuestros hábitos diarios o el tiempo que permanecemos en determinadas posturas.
Por eso, hacer una buena valoración es la base de un buen tratamiento. Antes de tratar una lumbalgia debemos intentar comprender qué factores pueden estar participando en cada caso para poder adaptar el tratamiento a cada persona.




